EL CULTO AL FALO
El falo sólo se venera en estado de erección. En esta forma, como fructificador y dador de vida, se transforma en emblema de la divinidad. El falo erecto era un elemento recurrente en el arte paleolítico, y aparece con frecuencia yuxtapuesto a figuras de animales, aunque no se sabe si con esto se pretendía representarlo como fuente de toda la vida. Lo que sí es seguro es que en Egipto, en tiempos de Sesostris I (hacia 1900 a.C.), al dios de las cosechas, Min, se le representaba como una figura en permanente erección (itilifálica), y se le comparaba con un toro montando a la vaca o un marido fecundando a su esposa.
Con su enorme y nada ambiguo falo empinado, Min era también dios de los caminos, guía y protector de los viajeros, una función que compartía con otros dioses fálicos. Las primeras “imágenes” del dios griego Hermes consistían en montones de piedras, llamados herms, rematados por una piedra más grande, que servían como mojones. Más adelante, el herm se fue transformando en un bloque cuadrado, con un falo y dos testículos tallados en la cara frontal. Hermes no sólo guiaba a los vivos; además, era psicopompos o guía de las almas. Debido, posiblemente, a que los hitos y mojones se suelen instalar en los márgenes y fronteras, muchos dioses fálicos se transformaron en espíritus guardianes, como sucedió con los Dosojin japoneses. Todavía existen miles de estas figuras talladas en piedra, por lo general en los bordes de los campos de trigo, donde aseguran la fertilidad de la cosecha y actúan como divinidades guardianas que protegen los campos contra los intrusos y los malos espíritus. Otra posible explicación de la identificación de los dioses protectores conlos de la fertilidad es que la capacidad de hacer crecer las cosechas no servía de nada si se carecía de poder para defenderlas.
En todas las religiones se ha conservado al menos alguna reminiscencia de los cultos fálicos. Los conquistadores y misioneros han tendido a sustituir a los antiguos dioses locales por figuras equiparables de sus propios panteones, pero muchas veces los dioses originales han sobrevivido en alguna forma a estas usurpaciones. El budismo ascético pretendió asimilar a los Dosojin en la imagen del bodhisattva Kisitigarbha, que tiene sus “partes íntimas enfundadas en una vaina”; pero en el templo budista de Nagoya (Japón), detrás de la estatua de Kisitigarbha hay una cortina que oculta dos falos tallados, descritos como Dosojin. Cuando los arios invadieron India, criticaron al pueblo conquistado por “tener como dios al falo”, pero pocos siglos después, ellos mismos adoraban al linga (falo) de Siva. Hay elementos fálicos en las tradiciones populares referentes a árboles sagrados, sobre todo en Irlanda, Europa mediterránea y Japón.
En el cristianismo, el culto fálico sobrevivió como “el enemigo” en la figura de un Satanás muy parecido a Príapo o a Pan, y también en las figuras de santos priápicos, casi siempre inventados. Por ejemplo, San Guignole, primer abad de Landevenec (Francia), se convirtió en una figura fálica por confusión de su nombre con el verbo gignere, engendrar. Su capilla se mantuvo hasta 1740. Las estatuas de estos santos presentaban miembros exagerados, que a veces se ungían y veneraban por separado, e incluso se utilizaban para fecundar por arte de magia a mujeres que deseaban concebir.
CLIFFORD BISHOP; Sexo y espíritu



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