MEMORADIO 5
Defensa de Jesús por Nicodemo
1. En aquel momento un judío llamado Nicodemo se acercó al gobernador y le dijo:
Te ruego me permitas, en tu misericordia, explicar algunas cosas. Y Pilatos accedió.
Entonces Nicodemo dijo: Yo he pre¬guntado a los ancianos, a los sacerdotes,
a los levitas, a los escribas, a toda la multitud de los judíos, en la Sinagoga:
¿Qué queja u ofensa tenéis contra este que no hallo causa de muerte en lo que le acusáis de haber violado el sábado. Pero ellos opusieron: El que ha blasfema¬do contra el César es reo de muerte. Y él ha hecho más, pues ha blasfemado con¬tra Dios.
hombre? El realiza numerosos y extra¬ordinarios milagros, como nadie los ha hecho, ni se harán jamás. Dejadlo y no le causéis mal alguno, porque si esos mi-lagros vienen de Dios, serán estables, y si vienen de los hombres, desaparecerán. Moisés, a quien Dios mandó a Egipto, realizó los milagros que el Señor le había ordenado efectuar, en presencia del Faraón. Y había allí magos, Jamnés y Membrés, a quienes los egipcios mira¬ban como dioses y que intentaron hacer los mismos milagros que Moisés, pero no pudieron imitarlos todos. Y, como los milagros que realizaron no provenían de Dios, perecieron, como perecieron tam¬bién los que en ellos habían puesto su fe. Ahora, pues, dejad, repito, a este hom¬bre, porque no merece la muerte.
3. Mas los judíos replicaron a Nicode¬mo: Te has convertido en su discípulo y
por eso le defiendes.
4. Nicodemo contestó: ¿Es que el go¬bernador, que habla también en su fa¬vor, es discípulo suyo? ¿Es que el César no le ha conferido la misión de ser eje¬cutor de su justicia?
5. Pero a los judíos, encolerizados, les rechinaban los dientes contra Nicodemo,
diciéndole: Crees en él y compartirás su misma suerte.
6. Y Nicodemo repuso: Así sea. Com¬parta yo la misma suerte que él, tal co¬mo vosotros lo decís.
MEMORADIO 6
Nuevos testimonios favorables a Jesús
1. Otro de los judíos avanzó, solicitando al gobernador permiso para hablar. Y Pila¬to concedió: Lo que quieras decir, dilo.
El judío explicó: Hacía treinta años que estaba tendido en mi lecho constan-temente preso de grandes sufrimientos y me hallaba en peligro de morir. Jesús vi¬no, y muchos demoníacos y otras gentes que padecían diversas enfermedades
fueron sanadas por él. Unos jóvenes piadosos me llevaron a su presencia en mi lecho. Y Jesús, al verme, se apiadó de mí y me dijo: Levántate, toma tu lecho y marcha. Y, en el acto, quedé completa¬mente curado, tomé mi lecho y marché.
3. Pero los judíos instaron a Pilato: Pregúntale en qué día fue curado. Y él res-ondió: En sábado. Y los judíos exclama¬ron: ¿No decíamos que en sábado curaba enfermedades y expulsaba los demonios?
4. Entonces otro judío avanzó y explicó: Yo era ciego de nacimiento; oía hablar,
pero a nadie veía. Jesús pasó, y yo me di¬rigí a él, diciendo en voz alta: ¡Jesús, hijo
de David, apiádate de mí! Y él tuvo pie¬dad de mí, puso su mano sobre mis ojos e
inmediatamente recobré la vista.
5. Otro más avanzó y dijo: Yo era leproso y él me curó con una sola palabra.
MEMORADIO 7
Testimonio de la Verónica
1. Y una mujer, llamada Verónica, ex¬plicó a su vez: Doce años llevaba afli-giéndome un flujo de sangre y, con sólo rozar el borde de su vestido, el flujo se detuvo en el mismo instante.
Pero los judíos exclamaron: Según nuestra ley, una mujer no puede depo¬ner como testigo.
MEMORADIO 8
Testimonio colectivo de la multitud
1. Y algunos otros de entre la multitud de los judíos, varones y hembras, se pusie¬ron a gritar: ¡Ese hombre es un profeta, y los demonios le están sometidos! Enton-ces Pilato preguntó a los que acusaban a Jesús: ¿Por qué los demonios no se so-meten a vuestros doctores? Y ellos res¬pondieron: No lo sabemos.
2. Y otros aún, dijeron a Pilatos: Ha resu¬citado a Lázaro, que llevaba cuatro días
muerto y lo ha sacado del sepulcro.
3. Oyendo esto, el gobernador se ate¬morizó y dijo a los judíos: ¿De qué nos servirá verter sangre inocente?
Las turbas prefieren la libertad de Barrabás a la de Jesús. Pilato se lava las manos
1. Y Pilatos preguntó a Nicodemo y a los doce hombres que decían que Jesús no
había nacido de la fornicación: ¿Qué debo hace ante la turbamulta que ha estallado
en el pueblo? Estos le contestaron: Lo ig¬noramos. Véanlo ellos mismos.
2. Entonces Pilato, convocando otra vez a la muchedumbre, dijo a los judíos: Sa¬béis que, según nuestra costumbre, el día de los Ázimos os concedo la gracia
de liberar a un preso. Tengo encarcelado a un famoso asesino, llamado Barrabás y
no encuentro en Jesús nada por lo que merezca morir. ¿A cuál de los dos que-réis que suelte? Y todos contestaron a voz en grito: ¡Suelta a Barrabás!
3. Pilato repuso: ¿Qué haré, pues, de Jesús, llamado el Cristo? Y todos grita¬
ron: ¡Sea crucificado!
4. Los judíos dijeron también: Demos¬trarás que no eres amigo del César si
liberas al que se llama a sí mismo rey e hijo de Dios. Y tal vez, deseas que él sea
rey en lugar del César.
5. Entonces Pilato montó en cólera y les repuso: Siempre habéis sido un pueblo
sedicioso y os habéis opuesto a los que estaban por vosotros.
6. Y los judíos preguntaron: ¿Quiénes son los que estaban por nosotros?
7. Y Pilato contestó: Vuestro Dios, que os salvó de la dura servidumbre egipcia
y que os condujo a pie por la mar seca y que os dio, estando en el desierto, el ma¬ná y la carne de las codornices para que os alimentarais y que hizo manar agua
de una roca para que saciarais vuestra sed, y contra el cual, a pesar de tantos
favores, no habéis cesado de rebelaros, hasta el punto de que El quiso haceros morir. Y Moisés pidió por vosotros, a fin de que no perecieseis. Y ahora decís que yo odio al rey.
8. Mas los judíos dijeron: Nosotros sa¬bemos que nuestro rey es el César, y no
Jesús. Los magos le ofrecieron regalos como a un rey. Pero Heredes, sabedor
por ellos de que un rey había nacido, procuró matarlo. Cuando se enteró, Jo¬
sé, su padre, lo tomó junto a su madre y huyeron los tres a Egipto. Y Herodes
mandó matar a todos los hijos de los ju¬díos que por aquel entonces había naci¬
do en Betlehem.
9. Al oír tales palabras, Pilato se estre¬meció y cuando se restableció la calma en¬
tre la turba que gritaba, dijo: El que busca¬ba Herodes ¿es el que está aquí presente?
Y le contestaron: El mismo es.
10. Entonces Pilato tomó agua y se lavó las manos ante el pueblo y dijo: Inocente
soy de la sangre de este justo. Pensad bien lo que vais a hacer. Y los judíos insistieron: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!
11. Entonces Pilato mandó que se traje¬se a Jesús frente al tribunal en que estaba
sentado y, dictando sentencia contra él, prosiguió de esta forma: Tu pueblo no te
quiere por rey. Ordeno, pues, que seas azotado, conforme a las leyes de los anti-guos príncipes.
12. Y mandó en seguida que le crucifi¬casen en el lugar en que había sido deteni-do, con dos malhechores, cuyos nombres eran Dimas y Gestas.
MEMORADIO 10
Jesús en el Gólgota
1. Jesús salió del Pretorio y los dos la¬drones con él. Y cuando llegó al lugar que se llama Gólgota, los soldados le quitaron sus vestiduras, le ciñeron un lienzo, pusie¬ron en su cabeza una corona de espinas y colocaron una caña entre sus manos. Y crucificaron también a los dos ladrones, uno a cada lado. Dimas a su derecha y Gestas a su izquierda.
2. Y Jesús dijo: Padre, perdónalos y lí¬bralos de castigo, porque no saben lo que hacen. Y los soldados repartieron en¬tre sí sus vestiduras.
3. Y el pueblo que estaba presente, y los príncipes, los ancianos y los jueces se
reían de Jesús, diciendo:,Puesto que a otros salvó, que se salve a sí mismo. Y si
es hijo de Dios, tal como dice, que des¬cienda de la cruz.
4. Y los soldados se burlaban también, ofreciéndole vinagre mezclado con hiél y
exclamando: Si eres el rey de los judíos,sálvate a ti mismo.
5. Y un soldado, llamado Longinos, to¬mando una lanza, la clavó en su costado,
del cual salió sangre y agua.
6. Y el gobernador mandó que, según la acusación de los judíos, se pusiese en un
rótulo, con caracteres hebraicos, griegos y latinos: Este es «1 rey de los judíos.
7. Y uno de los ladrones que estaban crucificados, Gestas, pidió a Jesús: Si eres
el Cristo, libérate y libértanos también a nosotros. Pero Dimas le reprendió, diciéndole: ¿No temes a Dios, tú que eres de aquellos que han sido condenados?
Nosotros recibimos castigo por lo que hemos cometido, pero él no ha hecho na-da malo. Y una vez hubo censurado a su compañero, exclamó, dirigiéndose a Jesús:
Acuérdate de mí, Señor, en tu reino. Y Jesús le contestó: En verdad te digo que
hoy estarás conmigo en el paraíso.

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