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EL EVANGELIO DE NICODEMO

Submitted by on Viernes, 2 abril 2010No Comment

Memoradium 11 Muerte de Jesús 1. Era en aquel momento la hora de sexta del día y grandes tinieblas llenaron toda la tierra hasta la hora de nona. El sol se oscureció y el velo del templo se rasgó en dos partes de arriba abajo. 2. Y hacia la hora de nona, Jesús clamó a grandes voces: Hely, Hely, lama zabathani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 3. Y en seguida musitó: Padre mío, en¬ comiendo mi espíritu en tus manos. Y di¬cho esto, entregó su espíritu. 4. El centurión, al ver lo que había ocu¬rrido, glorificó a Dios mientras decía: Este hombre era justo. Y los demás especta¬dores, turbados por lo que habían presen¬ ciado, volvieron a sus casas, golpeando sus pechos. 5. Y el centurión refirió lo que había pasado al gobernador, que se llenó de aflic¬ción, y ni uno ni otro comieron ni bebieron nada aquel día. 6. Y Pilato, llamando a los judíos, les preguntó: ¿Habéis visto lo que ha suce¬dido? Y ellos le respondieron: El sol se haeclipsado como otras veces. 7. Pero los que amaban a Jesús se man¬tenían a lo lejos, igual que las mujeres que lo habían seguido desde Galilea. 8. Entonces, un hombre llamado José, varón justo y bueno, que no había partici¬pado en las acusaciones ni en las maldades de los judíos, que era de Arimatea, ciudadde Judea, y que esperaba el reino de Dios, pidió a Pilato el cuerpo de Jesús. 9. Y, bajándolo de la cruz, lo envolvió en un lienzo muy blanco y lo depositó en un sepulcro completamente nuevo que ha¬ bía hecho construir para sí mismo y en el que nadie había sido sepultado. Memoradium 12 Los judíos amenazan a Nicodemo y en¬cierran en un calabozo a José de Arimatea 1. Sabedores los judíos de que José había pedido el cuerpo de Jesús, lo buscaron así, como también a los doce hombres que ha¬bían declarado que Jesús no nació de la for¬nicación y a Nicodemo y a lo otros que se habían presentado ante Pilato, y dado testi¬monio de las buenas obras del Salvador. 2. Todos se escondían y sólo Nicodemo, por ser príncipe de los judíos, se mostró a ellos y les preguntó: ¿Cómo habéis entra¬ do en la Sinagoga? 3. Y ellos repusieron: Y tú ¿cómo has entrado en la Sinagoga, cuando eres adepto del Cristo? Ojalá tengas una par¬te con él en los siglos futuros. Y Nicode¬mo respondió: Así sea. 4. Y José se presentó también a ellos y les dijo: ¿Por qué estáis irritados contramí?, por haber pedido a Pilato el cuerpo de Jesús. Yo lo he puesto en mi propia tumba, lo he envuelto en un lienzo muy blanco y he colocado una gran piedra ta¬pando la gruta. Habéis obrado mal con¬tra el justo y lo habéis crucificado y lo habéis atravesado a lanzadas. 5. Al oír esto, los judíos apresaron a Jo¬sé y lo encerraron, hasta que pasase el sá¬bado. Y le dijeron: Ahora, por ser sába¬do, nada podemos contra ti. Pero sabemos que no eres digno de sepultura y abandonaremos tu carne a las aves del cielo y a las bestias de la tierra. 6. Y José repuso: Esas palabras vues¬tras son semejantes a las de Goliath el soberbio, que osó levantarse contra Dios vivo y a quien hirió David. Dios ha pro¬clamado por la voz del profeta: Me re¬servaré la venganza. Pilato, con el cora¬ zón endurecido, lavó sus manos a pleno sol, exclamando: Inocente soy de la san¬gre de este justo. Pero vosotros contes¬tasteis: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Y mucho me te¬mo que la cólera de Dios caerá sobre vo¬sotros y sobre vuestros hijos, tal como habéis proclamado. 7. Al oír estas palabras, los judíos sellenaron de rabia, se apoderaron de José, lo encerraron en un calabozo sin reja que dejara penetrar un rayo de luz. Y Anas y Caifas colocaron guardias en la puerta y pusieron su sello sobre la llave. 8. Y tuvieron consejo con los sacerdo¬ tes y con los levitas, para que se reuniesen todos después del sábado y decidiesen qué género de muerte infligirían a José. 9. Cuando estuvieron reunidos, Anas y Caifas mandaron que se les trajera a José. Y quitando el sello, abrieron la puerta y no lo encontraron en el calabozo donde lo ha¬bían encerrado. Toda la asamblea quedó sumida entonces en el mayor estupor, por¬que habían encontrado sellada la puerta. Y Anas y Caifas se apartaron. Memoradium 13 Los soldados atestiguan la resurrección de Jesús. Temor de los judíos al saberlo 1. Mientras ellos no salían de su asom¬bro, uno de los soldados a los que se había encomendado la guardia del sepulcro entró en la Sinagoga y explicó: Cuando vigilá¬bamos la tumba de Jesús, la tierra tem¬bló y vimos a un ángel de Dios, que apartó la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su semblante brillaba como un relámpago y sus vestidos eran blan¬cos como la nieve. Nosotros quedamos como muertos de espanto. Y oímos al ángel que decía a las mujeres que se ha¬bían acercado al sepulcro de Jesús: No temáis. Sé que buscáis a Jesús el crucifi¬cado, el cual ha resucitado, como había predicho. Venid, y ved el lugar en que había sido depositado, y corred a avisar a sus discípulos que ha vuelto de entre los muertos, y que va delante de voso¬tros a Galilea, donde lo veréis. 2. Y los judíos, llamando a todos los soldados que habían guardado el sepulcro de Jesús, les preguntaron: ¿Quiénes fue¬ron aquellas mujeres a quienes el ángel habló? ¿Por qué no las apresasteis? 3. Repusieron los soldados: No sabe¬mos quiénes eran, y quedamos como di-funtos, por el mucho miedo que nos ins¬piró el ángel. ¿Cómo, en esas condiciones, habríamos podido apode¬rarnos de aquellas mujeres? 4. Los judíos exclamaron: ¡Por la vida del Señor, que no decís la verdad! Y los soldados contestaron a los judíos: Habéis visto a Jesús hacer milagros, y no habéis creído en él. ¿Cómo creeríais ahora nuestras palabras? Con razón juráis por la vida del Señor, pues vive el Señor a quien enterrasteis en el sepulcro. Hemos sabido que habíais encerrado en un ca¬labozo, cuya puerta habíais sellado, a ese José que embalsamó el cuerpo de Jesús, y que, cuando fuisteis a buscarlo, ya no lo encontrasteis. Devolvednos a José, a quien encarcelasteis, y ds devolveremos a Jesús, cuyo sepulcro hemos vigilado. 5. Los judíos respondieron: Devol¬vednos a Jesús y os devolveremos a José, porque éste se halla en Arimatea. Pero los soldados contestaron: Si José está en Arimatea, Jesús está en Galilea, puesto que así lo anunció el ángel a las mujeres. 6. Oído lo cual, los judíos se sintieron llenos de temor y se dijeron entre sí: Cuando el pueblo escuche estas pala¬bras, todos creerán en Jesús. 7. Y juntaron una gruesa suma de dine¬ro, que dieron a los soldados, advirtiéndo¬ les: Decid que, mientras dormíais, fue¬ron los discípulos de Jesús al sepulcro y se llevaron su cuerpo. Y si el goberna¬dor Pilato se entera de ello, lo apacigua¬remos en vuestro favor y no seréis mo¬lestados. 8. Y los soldados, tomando el dinero, fueron repitiendo lo que los judíos les ha¬ bían recomendado. Memoradium 14 Intrigas de los judíos para invalidar la resurrección de Jesús 1. Un sacerdote llamado Finco, el maes¬tro de escuela Addas y el levita Ageo llega¬ron de Galilea a Jerusalén y explicaron a todos los que estaban en la Sinagoga: A Jesús, por vosotros crucificado, lo hemos visto en el monte de los Olivos, sentado entre sus discípulos, hablando con ellos y diciéndoles: Id por el mundo, predicad a todas las naciones, y bautizad a los gentiles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y el que crea y sea bautizado de salvará. Y, no bien hubo dicho estas palabras a sus discípulos, lo vimos ascender al cielo. 2. Al oír esto, los príncipes de los sa¬cerdotes, los ancianos y los levitas pidieron a aquellos tres hombres: Glorificad al Dios de Israel, y tomadlo por testigo de que es cierto lo que habéis visto y oído. 3. Y ellos contestaron: Por la vida del Señor de nuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, afirmamos de¬ cir la verdad. Hemos oído que Jesús ha¬ blaba con sus discípulos y lo hemos visto ascender al cielo. Si callásemos ambas cosas, cometeríamos un pecado. 4. Y los príncipes de los sacerdotes, le¬vantándose rápidamente, exclamaron: No contéis a nadie lo que habéis dicho. Y les entregaron una fuerte suma de dinero. 5. Y los hicieron acompañar por tres hombres, para que volvieran a su país, y no se quedasen en Jerusalén. 6. Y, habiéndose reunido todos los judíos, se entregaron a grandes cavilaciones y dije¬ ron: ¿Qué es lo que ha ocurrido en Israel? 7. Y Anas y Caifas, para consolarlos, re¬plicaron: ¿Es que vamos a dar crédito a los soldados, que guardaban la tumba de Jesús, y que aseguraron que un ángel quitó su losa? ¿Acaso no han sido sus adeptos los que les entregaron mucho oro para que hablasen así, y les dejasen ro¬bar el cuerpo de Jesús? Sabed que no ca¬ be conceder ninguna fe a las palabras de esos extranjeros, tan sólo porque, ha¬biendo recibido de nosotros una fuerte suma, vayan diciendo ahora por doquie¬ra lo que nosotros les encargamos que di¬jesen. Ellos pueden traicionar a los discí¬pulos de Jesús lo mismo que a nosotros. Meradium 15 Intervención de Nicodemo en las discusiones de la Sinagoga. Los judíos mandan venir a José de Arimatea y oyen las noticias que éste les da 1. Nicodemo se levantó y dijo: Recta¬mente habláis, hijos de Israel. Habéis escuchado lo que han dicho esos tres hom-res que juraron por la vida del Señor ha-ber oído a Jesús hablar con sus discípu¬los en el monte de los Olivos, y haberlo visto ascender al cielo. La Escritura nos enseña que el bienaventurado Elias fue llevado al cielo, y que Elíseo, preguntado por los hijos de los profetas sobre dónde había ido su hermano Elias, contestó qué les había sido arrebatado. Y los hijos de los profetas le dijeron: Acaso nos lo ha arrebatado el espíritu y lo ha dejado so¬bre los montes de Israel. Elijamos hom¬bres que vengan con nosotros y recorra¬mos esas montañas, donde tal vez lo encontremos. Y rogaron así a Elíseo, que caminó con ellos tres días, pero no en¬contraron a Elias. Y ahora, escuchadme, hijos de Israel. Mandemos hombres a las montañas, porque acaso el espíritu ha arrebatado a Jesús, y quizá lo encontre¬mos, y haremos penitencia. 2. El parecer de Nicodemo fue del gus¬to de todo el pueblo, por lo que enviaron hombres que buscaron a Jesús, sin hallarlo, y que, a su vuelta, explicaron: No hemos encontrado a Jesús en ninguno de los lu¬gares donde hemos buscado, pero hemos hallado a José en la ciudad de Arimatea. 3. Y al oír esto, los príncipes y todo el pueblo se alegraron y dieron gracias al Dios de Israel por haber encontrado a José, a quien habían encerrado en un calabozo, y a quien no habían podido encontrar. 4. Y, juntándose en una gran asamblea, los príncipes de los sacerdotes se pregunta¬ron: ¿Cómo podemos traer a José entre nosotros, y hacerlo hablar? 5. Y tomando papel, le escribieron por este tenor: Sea la paz contigo, y con todos los que te acompañan. Sabemos que he¬mos pecado contra Dios y contra ti. Díg¬nate, pues, volver hacia tus padres y tus hijos, ya que tu marcha del calabozo nos ha sorprendido. Aceptamos que ha¬bíamos concebido contra ti un maligno designio, y que el Señor te ha protegido, librándote de nuestras perversas inten-ciones. Sea la paz contigo, José, hombre honorable entre todo el pueblo. 6. Y escogieron siete hombres, amigos de José, y les dijeron: En cuanto lleguéis a casa de José, dadle el saludo de paz, y entregadle nuestra carta. 7. Y los hombres llegaron a casa de Jo¬sé, y lo saludaron, y le entregaron la carta. Cuando José la hubo leído, exclamó: Bendito sea el Señor Dios, que no ha permi¬tido el derramamiento de mi sangre! ¡Bendito seas, Dios mío, que me has pro¬tegido con tus alas! 8. Y José abrazó a los embajadores, los acogió y los regaló en su domicilio. 9. Al día siguiente, montando en un as¬no, se puso en camino junto a ellos, y arri¬baron a Jerusalén. 10. Y cuando los judíos supieron de su llegada, corrieron todos hacia él, gritando y exclamando: ¡Sea la paz contigo, padre José! Y él repuso: ¡Sea la paz del Señor con todo el pueblo! 11. Y todos lo abrazaron. Y Nicodemo lo recibió en su casa, acogiéndolo con gran honor y complacencia. 12. Al día siguiente, que lo era de la fiesta de Preparación, Anas, Caifas y Ni-codemo dijeron a José: Rinde homenaje al Dios de Israel y responde a nuestras preguntas, irritados estábamos contra ti, porque habías dado sepultura al cuerpo de Jesús, y te encerramos en un calabo¬zo, donde, al buscarte no te encontra¬mos, lo que nos llenó de sorpresa y de espanto, hasta que hemos vuelto a verte. Cuéntanos, pues, en presencia de Dios, lo que ha pasado. 13. Y José respondió: Cuando me en¬cerrasteis, el día de Pascua, mientras es¬taba rezando a medianoche, la casa que¬dó como suspendida en el aire. Y vi a Jesús, brillante como un relámpago, por lo que, lleno de temor, caí en tierra. Y Jesús, asiéndome de la mano, levantóme del suelo, y un sudor frío cubría mi fren¬te. Pero él, enjugando mi rostro, me di¬jo: Nada temas, José. Mírame y reconó¬ceme, porque soy yo. 14. Y lo miré, y exclamé, lleno de asombro: ¡Oh Señor Elias! Y él me dijo:No soy Elias, sino Jesús de Nazareth, a cuyo cuerpo has dado sepultura. 15. Y yo le respondí: Enséñame latumba en que te puse. Y Jesús, tomándo¬ me de la mano otra vez, me llevó al lugar en que lo había sepultado, y me mostró el sudario y el paño con que había rodeado su cabeza. 16. Entonces reconocí que era Jesús, y lo adoré, diciendo: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Y Jesús, tomándome de la mano otra vez, me llevó a mi casa de Arimatea, y me dijo: Sea la paz contigo, y, durante cuarenta días, no salgas de tu casa. Yo vuelvo ahora con mis discípulos.

Memoradium 11
Muerte de Jesús
1. Era en aquel momento la hora de sexta del día y grandes tinieblas llenaron toda la tierra hasta la hora de nona. El sol se oscureció y el velo del templo se rasgó en dos partes de arriba abajo.
Y hacia la hora de nona, Jesús clamó a grandes voces: Hely, Hely, lama zabathani, que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Y en seguida musitó: Padre mío, en­ comiendo mi espíritu en tus manos. Y di­cho esto, entregó su espíritu.
El centurión, al ver lo que había ocu­rrido, glorificó a Dios mientras decía: Este hombre era justo. Y los demás especta­dores, turbados por lo que habían presen­ ciado, volvieron a sus casas, golpeando sus pechos.
Y el centurión refirió lo que había pasado al gobernador, que se llenó de aflic­ción, y ni uno ni otro comieron ni bebieron nada aquel día.
Y Pilato, llamando a los judíos, les preguntó: ¿Habéis visto lo que ha suce­dido? Y ellos le respondieron: El sol se haeclipsado como otras veces.
Pero los que amaban a Jesús se man­tenían a lo lejos, igual que las mujeres que lo habían seguido desde Galilea.
Entonces, un hombre llamado José, varón justo y bueno, que no había partici­pado en las acusaciones ni en las maldades de los judíos, que era de Arimatea, ciudadde Judea, y que esperaba el reino de Dios, pidió a Pilato el cuerpo de Jesús.
Y, bajándolo de la cruz, lo envolvió en un lienzo muy blanco y lo depositó en un sepulcro completamente nuevo que ha­ bía hecho construir para sí mismo y en el que nadie había sido sepultado.
Memoradium 12
Los judíos amenazan a Nicodemo y en­cierran en un calabozo a José de Arimatea
1. Sabedores los judíos de que José había pedido el cuerpo de Jesús, lo buscaron así, como también a los doce hombres que ha­bían declarado que Jesús no nació de la for­nicación y a Nicodemo y a lo otros que se habían presentado ante Pilato, y dado testi­monio de las buenas obras del Salvador.
Todos se escondían y sólo Nicodemo, por ser príncipe de los judíos, se mostró a ellos y les preguntó: ¿Cómo habéis entra­ do en la Sinagoga?
Y ellos repusieron: Y tú ¿cómo has entrado en la Sinagoga, cuando eres adepto del Cristo? Ojalá tengas una par­te con él en los siglos futuros. Y Nicode­mo respondió: Así sea.
Y José se presentó también a ellos y les dijo: ¿Por qué estáis irritados contramí?, por haber pedido a Pilato el cuerpo de Jesús. Yo lo he puesto en mi propia tumba, lo he envuelto en un lienzo muy blanco y he colocado una gran piedra ta­pando la gruta. Habéis obrado mal con­tra el justo y lo habéis crucificado y lo habéis atravesado a lanzadas.
Al oír esto, los judíos apresaron a Jo­sé y lo encerraron, hasta que pasase el sá­bado. Y le dijeron: Ahora, por ser sába­do, nada podemos contra ti. Pero
sabemos que no eres digno de sepultura y abandonaremos tu carne a las aves del cielo y a las bestias de la tierra.
Y José repuso: Esas palabras vues­tras son semejantes a las de Goliath el soberbio, que osó levantarse contra Dios vivo y a quien hirió David. Dios ha pro­clamado por la voz del profeta: Me re­servaré la venganza. Pilato, con el cora­ zón endurecido, lavó sus manos a pleno sol, exclamando: Inocente soy de la san­gre de este justo. Pero vosotros contes­tasteis: ¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos! Y mucho me te­mo que la cólera de Dios caerá sobre vo­sotros y sobre vuestros hijos, tal como habéis proclamado.
Al oír estas palabras, los judíos sellenaron de rabia, se apoderaron de José, lo encerraron en un calabozo sin reja que dejara penetrar un rayo de luz. Y Anas y
Caifas colocaron guardias en la puerta y pusieron su sello sobre la llave.
Y tuvieron consejo con los sacerdo­ tes y con los levitas, para que se reuniesen todos después del sábado y decidiesen qué género de muerte infligirían a José.
9. Cuando estuvieron reunidos, Anas y Caifas mandaron que se les trajera a José. Y quitando el sello, abrieron la puerta y no lo encontraron en el calabozo donde lo ha­bían encerrado. Toda la asamblea quedó sumida entonces en el mayor estupor, por­que habían encontrado sellada la puerta. Y Anas y Caifas se apartaron.
Memoradium 13
Los soldados atestiguan la resurrección de Jesús. Temor de los judíos al saberlo
Mientras ellos no salían de su asom­bro, uno de los soldados a los que se había encomendado la guardia del sepulcro entró en la Sinagoga y explicó: Cuando vigilá­bamos la tumba de Jesús, la tierra tem­bló y vimos a un ángel de Dios, que apartó la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella. Su semblante brillaba como un relámpago y sus vestidos eran blan­cos como la nieve. Nosotros quedamos como muertos de espanto. Y oímos al ángel que decía a las mujeres que se ha­bían acercado al sepulcro de Jesús: No temáis. Sé que buscáis a Jesús el crucifi­cado, el cual ha resucitado, como había
predicho. Venid, y ved el lugar en que había sido depositado, y corred a avisar a sus discípulos que ha vuelto de entre los muertos, y que va delante de voso­tros a Galilea, donde lo veréis.
Y los judíos, llamando a todos los soldados que habían guardado el sepulcro de Jesús, les preguntaron: ¿Quiénes fue­ron aquellas mujeres a quienes el ángel habló? ¿Por qué no las apresasteis?
Repusieron los soldados: No sabe­mos quiénes eran, y quedamos como di­funtos, por el mucho miedo que nos ins­piró   el   ángel.   ¿Cómo,   en   esas
condiciones, habríamos podido apode­rarnos de aquellas mujeres?
Los judíos exclamaron: ¡Por la vida del Señor, que no decís la verdad! Y los soldados contestaron a los judíos: Habéis visto a Jesús hacer milagros, y no habéis creído en él. ¿Cómo creeríais ahora nuestras palabras? Con razón juráis por la vida del Señor, pues vive el Señor a quien enterrasteis en el sepulcro. Hemos sabido que habíais encerrado en un ca­labozo, cuya puerta habíais sellado, a ese José que embalsamó el cuerpo de Jesús, y que, cuando fuisteis a buscarlo, ya no lo encontrasteis. Devolvednos a José, a quien encarcelasteis, y ds devolveremos a Jesús, cuyo sepulcro hemos vigilado.
Los judíos respondieron: Devol­vednos a Jesús y os devolveremos a José, porque éste se halla en Arimatea. Pero los soldados contestaron: Si José está en Arimatea, Jesús está en Galilea, puesto que así lo anunció el ángel a las mujeres.
Oído lo cual, los judíos se sintieron llenos de temor y se dijeron entre sí: Cuando el pueblo escuche estas pala­bras, todos creerán en Jesús.
Y juntaron una gruesa suma de dine­ro, que dieron a los soldados, advirtiéndo­ les: Decid que, mientras dormíais, fue­ron los discípulos de Jesús al sepulcro y se llevaron su cuerpo. Y si el goberna­dor Pilato se entera de ello, lo apacigua­remos en vuestro favor y no seréis mo­lestados.
Y los soldados, tomando el dinero, fueron repitiendo lo que los judíos les ha­ bían recomendado.
Memoradium 14
Intrigas de los judíos para invalidar la resurrección de Jesús
1. Un sacerdote llamado Finco, el maes­tro de escuela Addas y el levita Ageo llega­ron de Galilea a Jerusalén y explicaron a todos los que estaban en la Sinagoga: A Jesús, por vosotros crucificado, lo hemos visto en el monte de los Olivos, sentado entre sus discípulos, hablando con ellos y diciéndoles: Id por el mundo, predicad a todas las naciones, y bautizad a los gentiles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y el que crea y sea bautizado de salvará. Y, no bien hubo dicho estas palabras a sus discípulos, lo vimos ascender al cielo.
Al oír esto, los príncipes de los sa­cerdotes, los ancianos y los levitas pidieron a aquellos tres hombres: Glorificad al Dios de Israel, y tomadlo por testigo de que es cierto lo que habéis visto y oído.
Y ellos contestaron: Por la vida del Señor de nuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, afirmamos de­ cir la verdad. Hemos oído que Jesús ha­
blaba con sus discípulos y lo hemos visto ascender al cielo. Si callásemos ambas cosas, cometeríamos un pecado.
Y los príncipes de los sacerdotes, le­vantándose rápidamente, exclamaron: No contéis a nadie lo que habéis dicho. Y les entregaron una fuerte suma de dinero.
Y los hicieron acompañar por tres hombres, para que volvieran a su país, y no se quedasen en Jerusalén.
Y, habiéndose reunido todos los judíos, se entregaron a grandes cavilaciones y dije­ ron: ¿Qué es lo que ha ocurrido en Israel?
Y Anas y Caifas, para consolarlos, re­plicaron: ¿Es que vamos a dar crédito a los soldados, que guardaban la tumba de Jesús, y que aseguraron que un ángel
quitó su losa? ¿Acaso no han sido sus adeptos los que les entregaron mucho oro para que hablasen así, y les dejasen ro­bar el cuerpo de Jesús? Sabed que no ca­
be conceder ninguna fe a las palabras de esos extranjeros, tan sólo porque, ha­biendo recibido de nosotros una fuerte suma, vayan diciendo ahora por doquie­ra lo que nosotros les encargamos que di­jesen. Ellos pueden traicionar a los discí­pulos de Jesús lo mismo que a nosotros.
Meradium 15
Intervención de Nicodemo en las discusiones de la Sinagoga.
Los judíos mandan venir a José de Arimatea y oyen las noticias que éste les da
1. Nicodemo se levantó y dijo: Recta­mente habláis, hijos de Israel. Habéis escuchado lo que han dicho esos tres hom-res que juraron por la vida del Señor ha­ber oído a Jesús hablar con sus discípu­los en el monte de los Olivos, y haberlo visto ascender al cielo. La Escritura nos enseña que el bienaventurado Elias fue llevado al cielo, y que Elíseo, preguntado por los hijos de los profetas sobre dónde había ido su hermano Elias, contestó qué les había sido arrebatado. Y los hijos de los profetas le dijeron: Acaso nos lo ha arrebatado el espíritu y lo ha dejado so­bre los montes de Israel. Elijamos hom­bres que vengan con nosotros y recorra­mos esas montañas, donde tal vez lo encontremos. Y rogaron así a Elíseo, que caminó con ellos tres días, pero no en­contraron a Elias. Y ahora, escuchadme, hijos de Israel. Mandemos hombres a las montañas, porque acaso el espíritu ha arrebatado a Jesús, y quizá lo encontre­mos, y haremos penitencia.
El parecer de Nicodemo fue del gus­to de todo el pueblo, por lo que enviaron hombres que buscaron a Jesús, sin hallarlo, y que, a su vuelta, explicaron: No hemos encontrado a Jesús en ninguno de los lu­gares donde hemos buscado, pero hemos hallado a José en la ciudad de Arimatea.
Y al oír esto, los príncipes y todo el pueblo se alegraron y dieron gracias al Dios de Israel por haber encontrado a José, a quien habían encerrado en un calabozo, y a quien no habían podido encontrar.
Y, juntándose en una gran asamblea, los príncipes de los sacerdotes se pregunta­ron: ¿Cómo podemos traer a José entre nosotros, y hacerlo hablar?
Y tomando papel, le escribieron por este tenor: Sea la paz contigo, y con todos los que te acompañan. Sabemos que he­mos pecado contra Dios y contra ti. Díg­nate, pues, volver hacia tus padres y tus hijos, ya que tu marcha del calabozo nos ha sorprendido. Aceptamos que ha­bíamos concebido contra ti un maligno designio, y que el Señor te ha protegido, librándote de nuestras perversas inten­ciones. Sea la paz contigo, José, hombre honorable entre todo el pueblo.
Y escogieron siete hombres, amigos de José, y les dijeron: En cuanto lleguéis a casa de José, dadle el saludo de paz, y entregadle nuestra carta.
Y los hombres llegaron a casa de Jo­sé, y lo saludaron, y le entregaron la carta. Cuando José la hubo leído, exclamó: Bendito sea el Señor Dios, que no ha permi­tido el derramamiento de mi sangre! ¡Bendito seas, Dios mío, que me has pro­tegido con tus alas!
Y José abrazó a los embajadores, los acogió y los regaló en su domicilio.
Al día siguiente, montando en un as­no, se puso en camino junto a ellos, y arri­baron a Jerusalén.
Y cuando los judíos supieron de su llegada, corrieron todos hacia él, gritando y exclamando: ¡Sea la paz contigo, padre José! Y él repuso: ¡Sea la paz del Señor con todo el pueblo!
Y todos lo abrazaron. Y Nicodemo lo recibió en su casa, acogiéndolo con gran honor y complacencia.
Al día siguiente, que lo era de la fiesta de Preparación, Anas, Caifas y Ni­codemo dijeron a José: Rinde homenaje al Dios de Israel y responde a nuestras
preguntas, irritados estábamos contra ti, porque habías dado sepultura al cuerpo de Jesús, y te encerramos en un calabo­zo, donde, al buscarte no te encontra­mos, lo que nos llenó de sorpresa y de espanto, hasta que hemos vuelto a verte. Cuéntanos, pues, en presencia de Dios, lo que ha pasado.
Y José respondió: Cuando me en­cerrasteis, el día de Pascua, mientras es­taba rezando a medianoche, la casa que­dó como suspendida en el aire. Y vi a Jesús, brillante como un relámpago, por lo que, lleno de temor, caí en tierra. Y Jesús, asiéndome de la mano, levantóme del suelo, y un sudor frío cubría mi fren­te. Pero él, enjugando mi rostro, me di­jo: Nada temas, José. Mírame y reconó­ceme, porque soy yo.
Y lo miré, y exclamé, lleno de asombro: ¡Oh Señor Elias! Y él me dijo:No soy Elias, sino Jesús de Nazareth, a cuyo cuerpo has dado sepultura.
Y yo le respondí: Enséñame latumba en que te puse. Y Jesús, tomándo­ me de la mano otra vez, me llevó al lugar en que lo había sepultado, y me mostró el
sudario y el paño con que había rodeado su cabeza.
Entonces reconocí que era Jesús, y lo adoré, diciendo: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Y Jesús, tomándome de la mano otra vez, me llevó a mi casa de Arimatea, y me dijo: Sea la paz contigo, y, durante cuarenta días, no salgas de tu casa. Yo
vuelvo ahora con mis discípulos.
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