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EL EVANGELIO DE VALENTINO

Submitted by on Miércoles, 17 junio 2009No Comment

MEMORADIO  I
Shilhoh asciende a los cielos y desciende de ellos para adoctrinar a sus discípulos

Cuando resucitó de entre los muer­tos, Shilhoh pasó once años hablando con sus discípulos.
Y les enseñaba hasta los lugares, no solamente de los primeros preceptos y has­ta los lugares del primer misterio, del que está en el interior de los velos, en el inte­rior del primer precepto, que es él mismo el veinticuatro misterio, sino también las cosas que se hallan más allá, en el segundo lugar del segundo misterio, que está antes que todos los misterios.
Y Shilho dijo a sus discípulos: He ve­nido de ese primer misterio, que es el mis­mo que el último misterio, que es el veinti­cuatro.Mas los discípulos no comprendían estas cosas, porque ninguno de ellos había penetrado aquel misterio que, sin embargo, consideraban como la cumbre del universo y como la cabeza de todo lo que existe. Y
pensaban que era el fin de todos los fines, porque shilhoh les había dicho, con relación a ese misterio, que rodea el primer precep­to, y los cinco moldes, y la gran luz, y los cinco asistentes e igualmente todo el tesoro
de la luz.
Y Shilhoh no había anunciado todavía a sus discípulos toda la emanación de todas las regiones del gran invisible, y de los tres triples poderes, y de los veinticuatro invi­sibles, y de sus regiones, y de sus eones, y de sus rangos, todo según la manera como emanan aquellos que son los mismos que los probólos del gran invisible, y no les ha­bía explicado sus nacimientos, y sus crea­ciones, y su vivificación, y sus archones, y sus ángeles, y sus arcángeles, y sus deca­nos, y sus satélites, y todas las moradas de sus esferas.
Shilhoh no había hablado a sus discí­pulos de toda la emanación de los probólos del tesoro de la luz, ni tampoco de sus sal­vadores, según el orden de cada uno de ellos y el modo de su existencia. No les había hablado del lugar de los tres aom que están esparcidos en el espacio.
Y no les había dicho de qué lugar brotan los cinco árboles, ni los siete aom, que son los mismos que las siete voces, ni cuál es su región según el modo de la ema­nación.
Y Shihoh no había dicho a sus discípu­los cuáles son las regiones de los cinco asistentes, ni dónde están, ni les había ha­blado de los cinco círculos, ni del primer precepto, ni en qué sitio están.
Y solamente, hablando con sus dis­cípulos, había revelado la existencia de esos seres, pero no les había explicado su emanación ni el rango de su región, y ellos ignoraban que había otras regiones dentro de ese misterio.
Y no había dicho en qué lugar había salido hasta que había entrado en ese mis­terio en el momento en que fue emanado, sino que sólo les había dicho: Yo he salido de este misterio.

Y por eso pensaban ellos respecto a ese misterio que era el fin de todos los fi­nes y la cima del universo. Y Shilhoh dijo a sus discípulos: Ese misterio envuelve to­das las cosas que os he dicho desde el día que he venido hasta el de hoy.
Y por eso los discípulos no pensa­ban que cupiese alguna otra cosa en el in­terior de ese misterio.
Y ocurrió que estando los discípulos en el monte Olívete, dijeron estas palabras, con gran alegría: Nosotros somos más fe­lices que ningún hombre, puesto que el Salvador nos lo ha revelado todo, y habe­rnos toda elevación y toda perfección.
Y mientras hablaban así, Shilhoh esta­ba sentado un poco aparte. Y ocurrió que el día quince de la luna del mes de tébéth, día en que había plenilunio, el sol, alzán­dose en su carrera ordinaria, emitió una luz incomparable.
Porque procedía de la luz de las lu­ces, y vino sobre Shilhoh, y lo rodeó com­pletamente. Y estaba algo alejado de sus discípulos y brillaba de un modo sin igual.
Y los discípulos no veían a shilhoh, porque los cegaba la luz que lo envolvía. Y sólo veían los haces de luz. Y és­tos no eran iguales entre sí, y la luz no era igual, y se dirigía en varios sentidos, de abajo arriba, y el resplandor de esta luz al­canzaba de la tierra a los cielos. Y los dis­cípulos, viendo aquella luz, sintieron gran turbación y gran espanto.
Y ocurrió que un gran resplandor luminoso llegó sobre shilhoh y lo envolvió lentamente. Y Shilhoh se elevó en el espacio, y los discípulos lo miraron hasta que subió al cielo, y todos quedaron silenciosos.
Y esto pasó al decimoquinto día del mes de tébéth. Y cuando Shilhoh hubo ascendido al cielo, después de la hora de tercia, todas las fuerzas de los cielos se turbaron y se
agitaron entre sí y todas las zonas y todas las regiones, y sus órdenes, y la tierra ente­ra, y sus habitantes fueron estremecidos.
Y los discípulos y todos los hom­bres se amohinaron, y pensaron que era po­sible que el mundo fuese a ser destruido.
Y todas las fuerzas del cielo no ce­jaban en su agitación y se agitaron entre sí desde la hora de tercia de aquel día hasta la de nona del siguiente. Y los ángeles y ar­cángeles, y todas las potencias de las re­giones superiores entonaban himnos, y to­dos oían sus cánticos, que duraron hasta la hora de nona del otro día.
Mas los discípulos estaban reunidos y llenos de terror. Y se espantaban de lo que sucedía, y lloraban, diciendo: ¿Qué ocurrirá? ¿Destruirá el Salvador todas las regiones?
Y hablando así vertían lágrimas, y a la hora de nona del día siguiente los cielos se abrieron y vieron descender a Shilhoh en medio de un inmenso esplendor.
Y este esplendor no era igual, sino que se dividía de muchos modos, y unos brillaban más que otros. Y había tres espe­cies que brillaban de diferente forma, y la segunda estaba sobre la primera, y la terce­ra era superior a las demás. Y la primera era análoga a la que envolvió a Shilhoh cuan­do ascendió al cielo.
Y cuando los discípulos vieron tal, quedaron llenos de espanto. Y Shilhoh, mise­ricordioso y dulce, les habló y dijo: Tran­quilizaos y no temáis nada.
Y oyendo los discípulos estas pala­bras, dijeron: Señor, si tú quitas de ti esa luz deslumbrante, podemos seguir aquí.
De otro modo, nuestros ojos cegarán y por esa luz nosotros y el mundo entero estamos turbados.
Y Shilhoh hizo desaparecer aquella luz, y los discípulos, tranquilizados, fueron hacia él, y prosternándose unánimemente, lo ado­raron, diciendo: Maestro, ¿a dónde has ido? ¿A qué te han llamado? ¿Y de dónde proceden todas estas perturbaciones? Y Shilhoh, todo misericordia, les di­jo: Regocijaos, porque, a partir de este momento, yo os hablaré con toda clari­dad, desde el principio de la verdad has­ta su fin, y sin parábola.
No os ocultaré nada respecto a las cosas que pertenecen a las regiones su­periores, y a las regiones de la verdad.
Porque me lo ha autorizado el Inefable, por el primer misterio de los misterios, para que yo os hable desde el principio hasta el consumación, y desde las cosas
interiores a las exteriores, y viceversa. Escuchad y os diré todas estas cosas. Ocurrió que, estando yo sentado algo lejos de vosotros en el monte Olíve­te, meditaba sobre la misión para la que he sido enviado, que está cumplida, y so­bre el último misterio, que es el mismo que el veinticuatro misterio, desde las cosas interiores hasta las exteriores, y
aunque todavía no me había sido envia­do un vestimento. Y estas cosas son el se­gundo puesto del primer misterio.
Y sucedió que, cuando yo com­prendía que el fin del misterio para el que he venido estaba cumplido ya, y que el misterio no me había aún enviado mi veste, reflexionando sobre esto, en el huerto de los Olivos, cerca de vosotros, el sol se levantó a los lugares en que lo ha colocado el primer misterio que lo ha creado, y según la orden del primer mis­terio, mi veste de luz me fue enviada, la cual me había sido dada desde el princi­pio, y yo me puse en el último misterio, que es el veinticuatro misterio, a contar desde los que están en el segundo Jugar del primer misterio.
Y esía veste yo la he puesto en el último misterio, hasta cumplir el tiempo en que debía empezar a predicar a la humanidad y a revelar todas las cosas desde el principio de la verdad hasta su fin, hablando desde lo interior de lo in­terior hasta lo exterior de lo exterior.
Regocijaos, pues, y sentid gozo puro, puesto que os ha sido otorgado que os hable desde el principio hasta el fin de la verdad. Y os he elegido desde el principio por el primer misterio.
Regocijaos, porque, al descender en el mundo, conduzco desde el comienzo doce fuerzas, que he tomado de los doce salvadores del tesoro de la luz, según el mandato del primer misterio. Y las he arrojado en el seno de vuestas madres y con las que hoy están en nuestro cuerpo.
Y estas fuerzas me han sido otor­gadas por encima de todo el mundo, porque vosotros debéis salvar al mundo entero, y para ello es preciso que podáis sufrir las amenazas de los señores del mundo, y los peligros del mundo, y sus penas, y sus persecuciones.
Os he dicho que la fuerza que está depositada en vosotros la he extraído de los doce salvadores que están en el teso­ro de la luz. Y por eso os he dicho desde el principio que vosotros no sois de este mundo, ni yo tampoco lo soy. Y los hombres que son del mundo han tomado las almas de los archones de los eones. Pero la fuerza que está en vosotros viene de mí y pertenece a las regiones superiores. Yo he conducido a los doce salvadores del tesoro de la luz, de los que he tomado una parte de mi fuerza.
Y cuando he venido al mundo, he venido entre los ángeles de las esferas, semejante a Gabriel, el ángel de los eo­nes, y los archones de los eones no me han conocido, sino que creían que era el ángel Gabriel.
Y ocurrió que cuando estuve en­tre los jefes de los eones, miré desde arriba el mundo de los hombres, según el mandato del primer misterio, y hallé a Isabel, madre de Juan el Bautista, antesque lo hubiese concebido.
Y puse en ella la fuerza que había recibido del pequeño láo, el bueno, que está en el centro, para que pudiese pre­dicar, antes que yo, y preparar mis ca­minos, y para que bautizase con el aguade remisión de los pecados.
Y en el sitio de un archón desti­nado a recibirlos, encontré el alma del profeta Elias en la esfera de los eones, y recibí su alma, y la llevé a la Virgen, hi­ja de la luz, y ella la dio a sus herede­ros, que la llevaron al seno de Isabel.
La fuerza de láo, aquel que está en el medio, y el alma de Elias, el profeta, han sido unidas en el cuerpo de Juan el Bautista.
Porque dudasteis cuando yo os dije que Juan había declarado ser él el Cristo, vosotros contestasteis que estaba en la Es­critura que, si el Cristo venía, Elias ven­dría con él, y le prepararía los caminos. Mas, al hablarme así, yo os con­testé: Elias ha venido, y lo ha preparado todo, como está escrito.
Y como vi que no comprendíais que el alma de Elias estaba en Juan el Bautista, os hablé en parábola.

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