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EL MESIANISMO JUDIO DE JESHUA

Submitted by on Martes, 20 enero 2009One Comment

Estimados lectores en este día comenzaremos con unas publicaciones de los libros llamados APÓCRIFOS, los cuales son libros que no están en la mayoría de las biblias.

Hacemos una cita aclaratoria, recordemos que como son textos traducidos no dan la absoluta seguridad de que sean textos verdaderos, ya que algunos pueden tener mal interpretaciones del traductor.

Esperamos que este nuevo estudio de lectura sea de su gusto.

EL MESIANISMO JUDIO DE JESHUA

“Yo soy aquel que Moisés, el profeta, anunció cuando dijo: “El Señor Dios nuestro suscitará un profeta, parecido a mí, de entre nuestros hermanos, escuchad todo lo que diga, pues quien no le escuche morirá.”

(Homilías Clementinas-Deuteronomio-18, 15)

ESTE capítulo está dedicado a en­tender una vida de Jesús dentro ex­clusivamente de una proyección mesiánica judía. Ciertamente, a excepción de Flavio Josefo, y de un Pablo que ya hemos visto cuánto tiene de prestado, nadie práctica­mente nos deja constancia de este persona­je, pues de su vida apenas nos dicen nada las fuentes no cristianas. Esto quiere decir que las únicas fuentes importantes, pero cristianas precisamente, son los cuatro evangelios, si los admitimos sin escrúpulo, ni el menor sentido crítico, pues incluso, aun dándolo por bueno, el “Evangelio de Juan” se considera, con toda razón, como fuente de muy pocas garantías biográficas.

Si leemos de un modo aséptico los tres Evangelios restantes, podremos darnos cuenta que la figura de Jesús se presenta más como la de un predicador y taumatur­go judío que como la de un salvador del género humano. Esto es producto de que a aquella comunidad cristiana pospascual le fue imposible entender una imagen dife­rente después de la resurrección. Y es que emocionaba más la acción milagrera, por cuanto tenía de fácil convencimiento, que el entendimiento de la gran proyección “kerigmática”. El único evangelio que se escapa a este fenómeno es precisamente el de Juan, pero por eso mismo tiene menos valor histórico que los tres sinópticos.

Por eso, el Mesías que nos presentan los sinópticos es más el Jesús histórico que el “Cristo kerigmático”.

Para los judeo-cristianos, aún bastantes siglos después, cuando se les consideró he­réticos por la Iglesia, tuvo más ascendencia el Jesús taumaturgo, Mesías y profeta, que aquel otro kerigmático de la resurrección.

En cambio, ya desde los comienzos fun­dacionales, las comunidades cristiano-he­lenísticas, que se componían de no-judíos, centraban su predicación en la redención a través del Cristo muerto y resucitado. Por esta razón todos los escritos que nos han legado esas comunidades, como son las epístolas de Pablo, de las que ya nos he­mos ocupado en el capítulo anterior, prac­ticante no prestan atención a la vida y pre­dicación de Jesús.

Por eso, si examinamos sin prejuicios los tres sinópticos, veremos que cada evan­gelista parece tener en su contenido afir­maciones de tópicos eclesiales.

Lo que sí es evidente es que no se puede comprender la figura de Jesús si no cono­cemos el judaismo de su época. Es necesa­rio tener presente el material judío porque con él nos va a ser posible, no sólo com­prenderle en su tiempo, sino interpretar de un modo correcto el mesianismo de sus pa­labras.

Partiendo de su nombre, Jesús no es más que la forma griega del nombre hebreo de Josué. En aquella época se pronunciaba Jeshua, aunque también en ciertos escritos tardíos se le dice Jeshú, que posiblemente era como se pronunciaba en galileo. Hay que reconocer que ese nombre era el más corriente entre los judíos de entonces. También los nombres de sus padres, e in­cluso los de sus hermanos, eran corrientes: Jacob, Joset, Judas y Simón. El nombre de su madre, María, en hebreo Myriam, era multitudinario. Lo que no nos ha llegado es el nombre de sus hermanas, y es que en la antigüedad judaica no es comente men­cionar los nombres de las mujeres.

Es curioso y sospechoso también que el relato del nacimiento milagroso de Jesús se encuentre tan sólo en Mateo y Lucas. Falta en Marcos y en Juan. Todo el resto del Nuevo Testamento lo desconoce, y tan sólo fuera de él, el primero en mencionar­lo, pero 107 años después, es Ignacio de Antioquía.

Como ya hemos dejado expuesto en los relatos de otros capítulos, la tradición pro-fética venía insistiendo en que el libera­dor, el Mesías prometido juntamente con aquella tierra, tenía que ser de la estirpe de David. Por eso, lo mismo Mateo que Lucas nos dan una genealogía de Jesús que hacen remontar ingenuamente hasta David. Lo extraño es que en ambas genea­logías es José y no María el descendiente davídico. Todo resulta más extraño cuando observamos que quienes precisamente nos transmiten la ascendencia de Jesús son los que nos cuentan el nacimiento sin inter­vención de varón, es decir, de José, que es el que figura precisamente como familia de David.

Por otra parte, tenemos que esas dos ge­nealogías sólo coinciden desde Abraham hasta David. En resumen, son una cosa ar­tificiosa y sólo confeccionadas para hacer concordar al personaje con las profecías.

Histórica y críticamente no se conoce a nadie de aquella época de Jesús, ni de des­pués, cuya familia fuera de la rama davídi-ca. Esto no quiere decir que cuando surgía un hombre con condiciones mesiánicas y libertadoras, el pueblo le llamara de sobre­nombre “hijo de David”. Así ocurrió con Bar Kokeba 135 años después de Cristo, como ya hemos dejado constancia también en otro capítulo anterior.

Todo lo referente a Jesús, como vemos y dejamos constatado en el “prolegómeno”, es oscuro e improbable. Tenemos, por ejemplo, que también Mateo y Lucas sitúan su nacimiento en Belén, porque es la ciudad de David. Tanto Lucas como Ma­teo difieren en el cómo, pues el primero nos dice que la familia fue a Belén por el censo, ya que vivían en Nazareth, al que regresaron. Contrariamente, el segundo nos dice que no es así, que la familia vivía en Belén de Judá antes del nacimiento y sólo después de huir a Egipto se trasladaron a Nazareth.

Todo esto nos viene a decir que también es una narración acomodada a la creencia popular de entonces, según la cual el Mesías tenía como David que nacer en Belén.

Es indudable, a la vista de este escrito, que Juan, “el Bien Amado”, el predilecto, ignoraba la descendencia davídica de Je­sús y sabía también que no había nacido en Belén.

Jesús en realidad no fue más que un ju­dío de Galilea, que nació casi seguro en Nazareth y en donde vivió según la narra­ción evangélica sus treinta años, hasta el bautismo por su primo Juan el Bautista, que también es dudoso.

Es curioso —y corrobora por lo tanto nuestra tesis de que su vida es indemostra­ble dentro de una sana crítica histórica—, que resulta aún más difícil el determinar la duración de su ministerio público, desde el bautismo a la crucifixión.

Según los tres primeros evangelios, da­dos por buenos, se desprende que sólo duró un año. Juan, en cambio, nos deja en la du­da de dos a tres años. Lo que parece evi­dente es que su centro de acción fue Gali­lea y concretamente en la orilla noroeste del lago de Genezaret. Lo más probable es que entre el Jordán y el Gólgota tan sólo mediara año y meses.

Dijimos ya que parece que Jesús tuvo cuatro hermanos y varias hermanas. Esto supone que la familia de Nazareth se com­ponía de siete a ocho hijos. Partiendo de esta suposición y aceptando el nacimiento

virginal, no cabe más que admitir que Je­sús fue el primogénito. Por otra parte, casi se puede afirmar que José, su padre, murió antes del bautismo de Jesús. Posiblemente incluso cuando éste era aún muy joven. Démonos cuenta que en los relatos de su vida pública nunca aparece su padre.

Entre los anuncios de los profetas, no estaba solamente la genealogía del Mesías futuro, sino que también Isaías había anun­ciado: “Una voz clama: Preparad en el desierto el camino del Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios”, por eso en aquellos días tenía que apare­cer Juan el Bautista para que todo coinci­diera.

Claro que ya los esenios interpretaban esas palabras de Isaías como una llamada a “separarse de la morada de los hombres del mal, ir al desierto y preparar allí el camino del Señor”; esto no nos extraña, dado que Juan está tan cerca de los esenios que podría decirse perteneció por algún tiempo a esa comunidad, de la que se sepa­ró por discrepancias doctrinales. Segura­mente por la magnitud del perdón que en­tendía Juan que alcanzaba el bautismo, extensible a todos los seres humanos. Los esenios ya lo practicaban con anterioridad a Juan, pero para ellos, como para todo Is­rael, las inmersiones purificaban tan sólo la impureza ritual del cuerpo; por eso, el pecado cometido deja también ritualmente impuro al hombre. Nadie puede entrar en el agua si no hay arrepentimiento previo. El bautismo esenio vinculaba la penitencia con el perdón y el Espíritu Santo. Juan también creía, como los esenios, que el Es­píritu Santo revistió, para aquel galileo me-siánico, algo muy especial.

Ahora bien, es innecesario hacerse apro­piaciones de nomenclaturas naturales, pues las palabras “hijo”, “siervo”, “elegido” no son exactamente mesiánicas.

Lo más lógico es pensar que Jesús fue bautizado cerca del lugar donde el río Jor­dán se une con el largo Genezaret.

Es lógico suponerlo porque ahí estaba la ciudad de los hermanos Pedro y Andrés, y de Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, me refiero a Betsaida. Los cuatro se dedi­caban a la pesca y fueron sus primeros se­guidores.

Pedro se había casado con una mujer de la próxima Cafarnaúm, y allí vivía con su suegra. Cuando Jesús la curó de unas fie­bres, ésta también creyó en él y aquella ca­sa fue casi su hogar.

La realidad es que, cuando fue a su pue­blo, Nazareth, y fracasó en sus prédicas, retornó en seguida a Cafarnaúm.

Podemos, pues, colegir que el ministerio público de Jesús tiene buena explicación y se sustenta mejor, considerando que ya te­nía en ese lugar una tierra abonada por el Bautista y por Pedro, hombre considerado en la zona.

Aparte del marco geográfico donde se realizó la vida pública de Jesús, es más im­portante conocer las relaciones que existie­ron entre el Bautista y Jesús después de re­cibir el bautismo.

Se viene considerando que en realidad Juan fue el precursor de Jesús, y que éste continúa la labor ya comenzada. Esto es lo que cuenta Marcos, y por eso respeta la prioridad de Juan, no haciendo aparecer a Jesús públicamente hasta que el Bautista muere. Por otra parte, Mateo nos da a en­tender que no fue así, sino que empezó an­tes y también lo constata el “cuarto evan­gelio” y lo reafirmaron después los especialistas. De este modo, una vez más tenemos deformada la imagen histórica original.

Lo que lógicamente tuvo que ser cierto es que Juan tendría un cierto número de discípulos que no fue desde luego el gran número que bautizó, pues éstos regresa­ban a sus hogares una vez alcanzado el perdón. Se dice, pero difícil es demostrar­lo, que Juan nunca quiso crear una secta o grupo. No así Jesús, que oyó la voz de lo alto y se sintió ungido y con el deber de hacerlo. Lo que sí parece seguro es que Juan el Bautista se consideró el “profeta del fin de los tiempos”. Lo indudable, al menos, es que el pueblo llano y sencillo le creyó la reencarnación del profeta Elias,

que era el anunciado precursor del Mesías. El propio Bautista estaba convencido de que él era el precursor si hacemos caso a las fuentes de Lucas y Mateo, pues, por lo visto, cuando Juan se enteró de que Jesús predicaba por los pueblos del mar de Ge-nezaret le envió dos emisarios para que le preguntaran: “¿Eres tú el que tiene que venir, o hemos de esperar a otro?” A pesar de ser contado así en esos dos evan­gelios, esa pregunta no puede ser auténti­ca. Hay que darse cuenta que la designación de Mesías, por la frase “el que tiene que venir”, así, sola, sin otra precisión, puede ser posible en griego, pe­ro no se concibe ni en hebreo ni en ara-meo.

Jesús no contesta directamente a esa pregunta, tan sólo les dice: “Los ciegos ven, los cojos andan… y los sordos oyen… y se anuncia a los pobres la sal­vación.” Es ahí donde precisamente, en esa salvación de los pobres, recoge Jesús las palabras de Isaías, y una vez más la profecía se compagina para dar realidad a la ficción. Pero no es éste el único mo­mento en que Jesús se atribuye sobre sí predicciones del Antiguo Testamento. Te­nemos el caso muy concreto de la lectura en la Sinagoga del texto de Isaías, que di­ce: “El espíritu del Señor Yahvé está so­bre mí por cuanto me ha ungido Yahvé. Después enrolló los pergaminos, se los entregó al ayudante y sentándose dijo: “Hoy se ha cumplido en vuestra presen­cia este pasaje.” Así nos lo cuenta Lu­cas.

Fue entonces, cuando regresaron los mensajeros de Juan, que Jesús empezó a hablar del Bautista. Para Jesús, sin lugar a dudas, Juan es un profeta, el que prepara el camino hacia Dios en lo que tenía que ser el final de los tiempos. Jesús no podía ser discípulo más de Juan, pues tenía que ser él, el Mesías, el que anunciara el reino de los cielos en las orillas del lago de Gene-zaret. Nada, desde luego se conoce de la reacción que tuvo Juan con la respuesta de Jesús. Como ya dijimos, muchos son los que pensaban que Juan era la reencarna­ción de Elias. Incluso se llegó a creer que


Juan el Bautista había resucitado de entre los muertos y que se había reencarnado en Jesús.

Como no se puede contentar a todo el mundo, de Juan se dijo que estaba loco, aunque muchos creyeron en su “Mesia-nismo”.

Al parecer, el Galileo no sentía ninguna simpatía por los gentiles, pues decía que las “naciones” nombre que se traduce por “paganos” o “gentiles”— tenían gran preocupación económica por su futuro sin saber que “el mañana se preocupará de sí mismo”.

Por eso dice a los doce seguidores que: “No toméis el camino de los gentiles, ni entréis en ciudad de samaritanos; diri­gios más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.”

Esto, es curioso, no se refiere tan sólo a la predicación, sino también a las curacio­nes. Hacía una discriminación totalmente racial, tanto para la predicación y salva­ción, como para el alivio inmediato del dolor. Jesús tenía por norma no curar a ningún gentil. Está el caso de la mujer si­rio-fenicia que le ruega por caridad que cure a su hija enferma mental. Jesús le responde que: “No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel”. La pobre mujer aún insiste humil­demente “Señor, ayúdame”, y él vuelve a responder: “No está bien tomar el pan de hijos y echárselo a los perrillos.” La mujer, desesperada, aún le dice: “Sí, Se­ñor, que también comen los perrillos las migajas que caen de la mesa de sus amos.” Así nos lo cuenta Mateo en su Evangelio.

Lo que no tiene discusión alguna, al me­nos en lo que nos cuentan los tres sinópti­cos, es que Jesús, el judío, se prodigó y ac­tuó tan sólo entre y para los judíos. Por si fuera poco, aquel Saulo-Pablo, “el Apóstol de los Gentiles”, nos dice que Jesús se so­metió a la ley y ” se puso al servicio de la circuncisión para demostar la fidelidad de Dios, ratificando las promesas hechas a los Patriarcas”.

Estimados lectores, hasta aquí el primer libro que hemos encontrado o más bien no es un libro es una explicación del autor, si su merced lo gusta puede dejar algun comentario donde aclare algo del anterior texto.

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One Comment »

  • ALVARO MAURICIO GARCIA FRANCO said:

    Buenas tardes y gratisimas por permitir este encuentro.

    V.M. Kelium Zeus; permitame solicitar de manera respetuosa, los libros que usted ha escrito, como por ejemplo La copa de la ira, el cual, ya he leido y baje por este medio.
    Tengo entendido que son muchas las obras que usted ha logrado plasmar en este tipo de documentos.

    Nuevamente gratisimas y mis mas profundos respetos y amor sea para con usted mi señor.

    Atentamente,

    Alvaro Mauricio Gracia Franco.

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