LIBRO SOBRE LA INFANCIA DEL SALVADOR
Continuamos con esta interesante historia.
67. Y dicho esto, salió fuera. Poco después lo hizo Simeón en seguimiento para decirle: “Apresúrate, señor y padre mío; ven con presteza, pues María te reclama urgentemente. Yo pienso que está ya para el parto.” Díjole José: “Yo no me separaré de su lado; pero tú, como eres joven, vete aprisa, entra en la ciudad y busca a una comadrona para que atienda a la doncella, pues una partera es de gran ayuda cuando la mujer está en trance de alumbramiento.” Respondió Simeón, diciendo:”¿Cómo podré encontrar una partera yo, que soy desconocido en la ciudad? Óyeme más bien, padre y señor mío: sé bien y estoy seguro de que el Señor se ocupa de ella y de que El le proporcionará comadrona, nodriza y todo lo que necesite68. Y en esto he aquí que llega una muchacha con el taburete que utiliza para atender a las parturientas. Esta se paró. Al verla, se llenaron de asombro y José le dijo: “Hija, ¿a dónde vas con este taburete?” La muchacha contestó en estos términos: “Me ha enviado aquí mi maestra, pues se presentó un joven con toda prisa, diciéndole: Ven con rapidez a atender un nuevo parto, pues una doncella está a punto de dar a luz por primera vez. Al oír esto, mi maestra me envió a mí por delante. Ella viene detrás.” José echó una mirada y, al verla llegar, fue a su encuentro y cambió con ella un saludo. Dícele la comadrona: “¿Adonde vas, buen hombre?” A lo que José contestó: “Voy en busca de una comadrona hebrea.” Le dice la mujer: “¿Eres tú de Israel?” José repuso: “Sí, soy de Israel.” Continúa la comadrona: “¿Quién es la doncella que está para dar a luz en la cueva?” José respondió: “Es María, mi esposa, la que se educó en el templo del Señor” Dícele la comadrona: “¿No es por ventura tu esposa?” José respondió: “Es verdad que está desposada conmigo, pero ha concebido por obra del Espíritu Santo.” Le dice ella: “¿Es verdad lo que dices?” Responde José: “Ven y ve.”
69. Entraron por fin en la cueva. Y José le dijo: “Pasa y atiende a María.” Ella se, sintió sobrecogida de miedo al querer entrar en el interior, ante la gran luz que allí resplandecía y que no se apagó ni de día ni de noche mientras permaneció allí María. Dijo, pues, José a ésta: “Mira, te he traí¬
do a la comadrona Zaquel. Está fuera, a la entrada de la cueva, y no se atreve a llegar hasta aquí por el gran resplandor; y es que aun queriendo, esto le es imposible.” María sonrió al oír esto y José le dijo:”No te sonrías. Sé más bien prudente, ya que ha venido por si necesitas alguna medicina.”. Y con esto la hizo entrar. Esta se detuvo ante la presencia de María. Después que ésta permitió ser examinada durante varias horas, exclamó la comadrona y dijo a grandes voces: “Misericordia, Señor y Dios grande, pues nunca se ha oído, ni se ha visto, ni ha podido pensarse que unos pechos estén llenos de leche y que a la vez un niño recién nacido esté proclamando la virginidad de su madre. Virgen concibió, virgen ha dado a luz y continúa siendo virgen.”
70. Viendo que tardaba la comadrona, José penetró en la cueva. Salió entonces aquella a su encuentro y ambos marcharon fuera, hallando a Simeón de pie. Este la preguntó: “Señora, ¿ cómo está la doncella?, ¿puede tener alguna esperanza de vida?” Le dice la comadrona: ¿Qué es lo que hablas, hombre? Siéntate y te contaré algo maravilloso.” Y, alzando sus ojos al cielo, dijo la comadrona con voz clara: “Padre omnipotente, ¿cuál es la causa de que me hay tocado en suerte presenciar
tan gran milagro, que me llena de asombro?, ¿qué es lo que he hecho yo para merecer ver tus santos misterios, de modo que hicieras venir a tu sierva en aquel preciso instante para ser testigo de las maravillas de tus dones? Señor, ¿qué es lo que tengo que hacer?, ¿cómo podré contar lo que mis ojos han visto?” Dícele Simeón: “Te ruego me expliques lo que has visto.” Dícele la comadrona: “No quedará esto ignorado por ti, ya que es un asunto lleno de muchos bienes. Así pues, presta atención a lo que voy a decirte y rétenlo en tu corazón”:
71. “Después de haber entrado para examinar la doncella, la encontré con el rostro vuelto hacia arriba, mirando al cielo y hablando consigo. Yo creo que estaba en oración y bendecía al Todopoderoso. Cuando llegué hasta ella, le dije: “Hija, dime, ¿no sientes acaso alguna
molestia o tienes algún miembro doloripdo? Mas ella continuaba inmóvil miran¬do al cielo, como una sólida peña y como si nada oyese.”
72. “En aquel momento se detuvieron todas las cosas, silenciosas y atemorizadas; los vientos dejaron de soplar; no se movió ninguna hoja en los árboles, ni se oyó el rumor de las aguas; los ríos quedaron quietos y el mar sin oleaje; se silenciaron los manantiales de las aguas y cesó el eco de las voces humanas. Reinaba en torno un gran silencio. Hasta el mismo polo dejó desde aquel momento su vertiginoso rodar. Las medidas de las horas habían ya casi pasado. Todas las cosas se habían sumido en el silencio, atemorizadas y estupefactas. Nosotros seguíamos esperando la llegada del Dios
alto, la meta de los siglos.”
73. “Cuando llegó la hora se manifestó la virtud de Dios. Y la doncella, que estaba mirando con fijeza al cielo, quedó convertida en una viña, pues ya se iba acercando el colmo de los bienes. Y en cuanto salió la luz, la doncella adoró a Aquel a quien reconoció haber ella misma dado la a luz. El niño emanaba de sí resplandores, lo mismo que el Sol. Estaba limpísimo y era grato a la vista, ya
que sólo El apareció como paz que apacigua todo el mundo. En el mismo instante de nacer se oyó la voz de muchos espíritus invisibles que decían a una: “A om”. Y aquella luz se creció oscureciendo con su resplandor el fulgor del Sol, mientras que la cueva se vio invadida de una intensa claridad y de un suavísimo aroma. Esta luz nació del mismo modo que el rocío desciende del cielo a la tierra. Su aroma es más pentrante que el perfume de todos los ungüentos de la tierra.”
“Yo, por mi parte, quedé llena de asombro y de admiración y el miedo se poderó de mí, pues tenía fija mi vista en el intenso resplandor que despedía la luz que había nacido. Y esta luz se fue poco a poco condensando y tomando la forma de un niño, hasta que apareció un infante como suelen ser los hombres al nacer. Yo entonces cobré valor, me recliné, le toqué, le levanté en mis manos con gran veneración y me llené de espanto al ver que no tenía el peso de un recién nacido. Le examiné y vi que no estaba manchado lo más mínimo, sino que su cuerpo todo era puro, como acontece con la rociada del Dios Altísimo; era ligero de peso y radiante a la vista. Y mientras me tenía asombrada al ver que no lloraba, como suelen hacerlo los recién nacidos, y estaba mirándole fijamente, me dirigió una dulce sonrisa; después, abriendo los ojos, me dirigió una penetrante mirada y al momento salió de su vista una gran luz, como si fuera un relámpago”.
75. Simeón respondió al oír esto: “Dichosa de ti, oh mujer, que has sido digna de presenciar y anunciar esta nueva y santa visión y dichoso de mí también por haber escuchado esto, pues aunque no lo vi, lo he creído.” Dícele la comadrona: “Tengo aún que explicarte una maravilla para que te llenes de asombro. Respondió Simeón: “Dímela, señora, pues siento gozo cuando oigo estas cosas.” Le dice la comadrona: “Cuando tomé al niño en mis manos, vi que tenía el cuerpo limpio, sin la sangre con que suelen nacer los hombres, pensé para mis adentros que a lo mejor quedaban otros fetos en la matriz de la doncella. Pues es cosa que suele suceder a las mujeres en el parto, lo que es causa de que corran peligro y desfallezcan de ánimo. Y al instante llamé a José y puse el niño en sus brazos. Me aproximé luego a la doncella, la toqué y comprobé que tampoco estaba manchada de sangre. ¿Cómo lo contaré? ¿Qué diré? No acierto. No sé cómo describir una claridad tan grande del Dios vivo. Mas tú, Señor, eres mi testigo de que la he tocado con mis manos y de que he encontrado virgen a esta doncella puérpera, no sólo a raíz del parto, sino también libre del sexo de un nombre. En aquel momento me puse a gritar a grandes voces, glorifiqué a Dios, caí sobre mi rostro y le adoré. Salí después fuera. José, por su parte, en-volvió al niño entre pañales y lo acostó en el pesebre.”
76. Díjole Simeón: ¿Te ha dado alguna recompensa?” Respondió la comadrona: Soy yo la que en realidad me siento obligada por una duda de merced, de agradecimiento y de oración. He prome¬ido ofrecer a Dios un sacrificio inmaculado porque se ha dignado otogarme la gracia de ser espectadora y testigo consciente de este misterio. Pues yo misma espontáneamente ofrezco un don por los dones que se ofrecen en el templo del Señor.” Y, diciendo esto, Je dijo a su aprendiz: “Hija mía, coge el taburete y vamonos. Hoy mi vejez ha podido conocer a una parturienta sin dolores y a una virgen que es madre, si es que lo que terminamos de ver puede decirse un parto. Yo pienso para mí que ella se entregó a la voluntad de Dios, el cual permanece por los siglos.” Y, en diciendo esto, se puso en camino con ella.
Continuara….



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